La historia de Semmelweis, el doctor que descubrió que lavarse las manos salva vidas

En medio de la crisis por el coronavirus y con motivo de la celebración el 15 de octubre del Día Mundial del Lavado de manos, repasamos la historia de Ignaz Semmelweis, el médico que enseñó al mundo que lavarse bien las manos podía evitar contagios y salvar vidas.

Corría el año 1818, en Taban, capital de Hungría, cuando nació Ignaz Philipp Semmelweis. Fue el quinto de siete hermanos e hijo de comerciantes. Hungría era entonces parte del imperio austríaco, cuya capital era Viena.

Semmelweis inició sus estudios de medicina en Hungría, para posteriormente trasladarse a la universidad de Viena donde se graduó como médico obstetra en agosto de 1844, dedicándose al cuidado de las mujeres durante el embarazo y durante el parto y alumbramiento del bebé. Conocido popularmente como el «Salvador de Madres», descubrió que la incidencia de la fiebre puerperal podía ser disminuida drásticamente desinfectándose las manos en las clínicas obstétricas.

El gran logro de Ignaz Semmelweis fue, a mediados del siglo XIX, descubrir el origen infeccioso de la fiebre puerperal («fiebre del parto»), logrando controlar su aparición con una simple medida de antisepsia, luchando con la oposición de sus colegas médicos que no aceptaron sus observaciones que, por primera vez en la historia de la medicina, estaban contrastadas con gran cantidad de datos estadísticos. Descubrió por primera vez que la infección nosocomial de pacientes por las manos contaminadas del personal sanitario era una de las formas comunes de diseminación de los agentes infecciosos.

Se calcula que hoy en día, la sepsis, las infecciones que desencadenan una reacción en cadena en todo el cuerpo, generalmente producidas por bacterias y virus, ocasionan en el mundo miles de muertes diarias.

Somos conscientes, y más hoy con la gran crisis sanitaria que la pandemia está provocando a nivel mundial, de la importancia que tiene la higiene de las manos para el control de las infecciones y su posible transmisión. Aun así, en nuestros días, el lavado de manos es realizado con menor frecuencia de lo que debería ser hecho.

En la actualidad es difícil de entender, que un hecho tan rutinario como lavarse las manos antes o después de realizar actividades consideradas de riesgo, causara en su día tanta controversia y rechazo hacia la persona que lo planteó como una medida básica para la atención de los enfermos. Ese fue el caso de Ignaz Semmelweis quien no sólo descubrió que esta simple medida salvaba vidas, sino que por primera vez aplicó la comprobación estadística a sus hallazgos.

¿Quién era Ignaz Semmelweis?

Considero interesante contar brevemente la historia de este hombre que consiguió relacionar las infecciones en personas ingresadas en el hospital en el que trabajaba, con la frecuencia del lavado de manos de los compañeros médicos y estudiantes de medicina del mismo hospital.

A los 28 años, Ignaz Semmelweis fue nombrado asistente de la primera clínica ginecológica del gran hospital general de Viena Allgemeines KrankenHans. Esta en su tiempo prestigiosa clínica vienesa, era una de las elegidas por numerosos estudiantes de medicina de diferentes países europeos para realizar las prácticas de final de carrera. Semmelweis observó la gran cantidad de mujeres que fallecían a causa de la fiebre, provocando la muerte de un 10-35 % de las parturientas.

Semmelweis, en el año 1847, propuso lavarse cuidadosamente las manos con una solución de hipoclorito cálcico cuando él trabajaba en la Primera Clínica Obstétrica (Clínica I) del Hospital General de Viena, donde la mortalidad entre las pacientes hospitalizadas en la sala atendida por obstetras (Clínica I), era de tres a cinco veces más alta que en la sala atendida por matronas (Clínica II).

La Primera Clínica era el servicio de enseñanza para estudiantes de medicina; la Segunda Clínica había sido seleccionada en 1841 solo para instrucción de comadronas.

Conmovido por lo que observaba, empezó a recopilar información, a cuantificar datos y reflexionar sobre lo que estudiaba. Comenzó a apreciar diferencias en las frecuencias de presentación de la enfermedad entre las dos salas de maternidad existentes y concluyó, luego de grandes esfuerzos y búsquedas, con la elaboración de un nuevo concepto: existía una “materia cadavérica” que era transportada por las manos de los médicos y estudiantes que tenían a su cargo la atención de las madres en trabajo de parto en la Clínica y generaba en ellas la fatal enfermedad. Propuso el uso de soluciones con cloro para el lavado de manos de los médicos y estudiantes de medicina, antes y después de atender y examinar a sus pacientes.

Esta medida se inició a mediados de mayo de 1847. Minuciosamente anotó durante temporadas el comportamiento de las muertes y descubrió que, con la simple medida del lavado de manos, éstas disminuyeron extraordinariamente. Consultó los archivos y registros del hospital de maternidad de Viena desde su apertura en 1784 hasta 1848. Elaboró tablas con los datos de partos, defunciones, y tasas de mortalidad para esos años. Registró enormes diferencias en las tasas de mortalidad, por ejemplo, del 12,11% en 1842 contra el 1,28% en 1848.

Comprobó el efecto fatal de la atención obstétrica por parte de los estudiantes de medicina, estudiantes que provenían de hacer autopsias y prácticas con cadáveres, en comparación con las tasas menores de mortalidad entre las pacientes asignadas a las matronas en la Clínica 2, quienes no tenían contacto con los estudios anatómicos en cadáveres.

Por parte de la sociedad científica responsable de analizar el problema, se daban razones de lo más dispares, desde la muerte por la angustia que causaba el sonido de la campanilla del monaguillo que precedía al sacerdote, cuando éste se dirigía allá para administrar los sacramentos a las moribundas, la vergüenza que sentían las mujeres ante los estudiantes, hasta la mala ventilación.

Semmelweis era consciente del absurdo de esas interpretaciones, pero no así cuál era la causa que producía la fiebre puerperal. Todo cambió con la muerte de un amigo y colega suyo del hospital, que durante la realización de una autopsia en una de las clases que impartía, un alumno lo hirió con el bisturí en un dedo. Observó que los síntomas que observaba eran los mismos que los de las mujeres fallecidas por la fiebre y que los hallazgos de su necropsia fueron, en todo, similares.

Semmelweis defendió con vigor su descubrimiento y la salud de sus pacientes, “hay que terminar con la matanza”, escribió. “Una vez que se identificó la causa de la mayor mortalidad de la primera clínica como las partículas de cadáveres adheridas a las manos de los examinadores, fue fácil explicar el motivo por el cual las mujeres que dieron a la luz en la calle tenían una tasa notablemente más baja de mortalidad que las que dieron a luz en la clínica…“.

Se dio cuenta de que estas partículas cadavéricas entraban por el torrente sanguíneo de la persona afectada y que podía afectar no sólo a las mujeres que habían dado a luz, sino que también afectaba a las embarazadas y a sus propios hijos recién nacidos. Sus observaciones no fueron tenidas en consideración, siendo incluso amenazado por sus propios compañeros.

Los datos eran incontrovertibles: las tasas de mortalidad de fiebre puerperal para la Primera Clínica en la Institución de Maternidad de Viena cayeron notablemente cuando Semmelweis implementó el lavado de manos a mediados de mayo de 1847.

Claramente, estaba culpando a los propios médicos y estudiantes de medicina de estas muertes, era un insulto para la imagen de los médicos. Les estaba llamando asesinos, llegaron a decir. Incluso su propio jefe, el Profesor Klein, estuvo en contra de él y prohibió esta medida sanitaria, relevando del cargo a Semmelweis en 1849 y dejando a Braun, quien creía que todo era problema de mala ventilación. Nuevamente, la tasa de mortalidad aumentó.

El reconocimiento de su descubrimiento

A partir de este momento, uno de los biógrafos que escribió sobre Semmelweis, Frank Slaughter, planteó en 1950 que las experiencias trágicas que le tocaron vivir a Semmelweis “destruyeron su mente” y lo hicieron “un mártir de la estupidez del mundo“, “los largos años de controversia, la amarga frustración sufrida, el recuerdo de las pacientes que vio morir, primero por no poder descubrir porqué morían y luego porque sus colegas no podían entender los simples principios que él propuso para evitar las muertes”.

Unos años más tarde, el método de la “medicina experimental” fue tomando cuerpo. Pasteur reconoció el mérito de Semmelweis en 1879, en una reunión de la Academia de Ciencias de París, en la que se discutía sobre la fiebre puerperal. En una de las presentaciones, uno de los ponentes hablaba de posibles causas de esta enfermedad. Pasteur lo interrumpió diciendo: “nada de eso explica la fiebre puerperal: es la enfermera y el médico que llevan los microbios de una persona infectada a otra sana“. Ese mismo año Pasteur identificó al estreptococo como el agente causal.

En la actualidad, es difícil entender que un hecho tan rutinario como lavarse las manos, haya causado tanta controversia e incluso rechazo a la persona que lo planteó como una medida básica para la atención de un enfermo.

Hoy estamos viviendo momentos que nos podrían trasladar a la época de Semmelweis. Por una parte, la negación ante la evidencia de hechos probados, por la simple razón de no tener que asumir ninguna responsabilidad debida a la ignorancia y prepotencia de los que ocupan niveles altos en el escalafón social, como eran aquellos médicos que rechazaron los descubrimientos de Semmelweis y que pudieron suponer salvar gran cantidad de vidas,  y por otra, la destrucción y ocultación de pruebas que evidencian un error, con las consiguientes consecuencias negativas, en lugar de reconocer la incapacidad en la gestión y delegar la gestión a los que realmente conocen el problema, como fue la expulsión de Semmelweis del hospital en el que trabajaba, representan desgraciadamente cierto paralelismo entre lo que representó aquella historia hospitalaria y la triste realidad que nos está tocando vivir ahora.

La idea era reforzar el argumento de la importancia de la higiene de manos en nuestro día a día, en nuestra actividad cotidiana, recordando a aquel hombre que dedicó su vida, como hemos visto, a demostrar que a través de nuestras manos podemos transmitir y contraer infinidad de enfermedades producidas por microorganismos. La historia ha valorado a este médico húngaro de modo justo después de su muerte. Su vida fue la de un hombre que luchó con entereza y sin vacilación por sus ideales y convicciones.

Una de las últimas cosas que Semmelweis escribió son inquietantes:

“Cuando reviso el pasado, sólo puedo disipar la tristeza que me invade imaginando ese futuro feliz en el que la infección será desterrada… La convicción de que ese momento tiene que llegar inevitablemente tarde o temprano, alegrará mi hora de morir“.

Desgraciadamente, hoy estamos viviendo una pandemia de gran dimensión, somos conscientes de la importancia de las medidas higiénicas a tomar frente a este virus (mascarillas, distancia física entre personas, lavado de manos…), cumplámoslas y hagámoslas cumplir.

A falta de otras soluciones que posiblemente llegarán, utilicemos estas medidas preventivas para evitar la infección. Aprendamos a lavarnos las manos, y hagámoslo con frecuencia.

Sobre el Autor
Ramón Bertó Navarro
Ramón Bertó Navarro Consejero Delegado en BETELGEUX-CHRISTEYNS Licenciado en Ciencias Biológicas por la Universidad de Valencia, Master en Seguridad Alimentaria por el Colegio Oficial de Veterinarios de Madrid y Master en Gestión de empresas por la escuela de Organización Industrial. Cuenta con más de 20 años de experiencia en materia de Seguridad Alimentaria e higiene en la Industria Alimentaria, siendo autor de numerosas publicaciones. Desde su puesto está a cargo de la identificación de nuevas oportunidades y aplicaciones para la mejora de la seguridad alimentaria.